cuento

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de Paula Andrea Churon Albarracín -
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Había una vez una joven Rrom llamada Luci, que vivía junto a su familia en una kumpania de Bogotá. Aunque en su casa todavía se hablaban algunas palabras en Shib Romaní y los mayores contaban paramichi en las noches, Luci comenzó a notar algo que le preocupaba: muchos niños ya no conocían las plantas medicinales tradicionales ni entendían las palabras que sus abuelos usaban para nombrarlas.

Un día, mientras compartían shayo con su mamió, escuchó a una de las mayores decir con tristeza:

—Si dejamos de enseñar estas cosas, un día nuestras palabras y remedios se van a quedar en silencio.

Esa frase quedó dando vueltas en el corazón de Luci, como una pequeña piedra difícil de mover. Entonces recordó un paramichi parecido al cuento del ratón y la montaña: a veces las cosas grandes empiezan con alguien pequeño que decide actuar.

Al día siguiente reunió a varios niños, jóvenes y mayores de la comunidad y les preguntó:

—¿Qué podemos hacer para que nuestra medicina ancestral y nuestra lengua no se pierdan?

Así comenzó el proyecto.

Primero escucharon a los mayores, quienes contaron cómo antes las mujeres preparaban remedios con ruda, manzanilla y toronjil mientras enseñaban palabras en Shib Romaní. Después, todos juntos pensaron ideas y decidieron crear una huerta medicinal comunitaria.

Los niños dibujaron las plantas, los jóvenes limpiaron el terreno y los mayores enseñaron cómo sembrarlas y para qué servían. Cada planta llevaba un pequeño letrero en español y en Shib Romaní. Mientras trabajaban, también compartían canciones, relatos y recuerdos de la vida antigua de la kumpania.

Con el tiempo, la huerta no solo dio plantas; también hizo crecer la unión entre generaciones. Los niños empezaron a usar nuevas palabras en rromanés y ya sabían preparar un chayo cuando alguien se sentía enfermo o triste.

Entonces Luci entendió algo importante: los problemas grandes de una comunidad no siempre se solucionan con fuerza, sino escuchando, trabajando juntos y aprendiendo unos de otros. Como en el cuento del ratón y la montaña, una pequeña idea pudo mover algo muy grande: mantener viva la memoria del pueblo Rrom.